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José Antonio Romero, Santero de la Virgen del Rocío

 “El domingo el almonteño espera ese momento que rompe la barrera entre lo humano y lo divino”

El núcleo almonteño vive José Antonio Romero es santero de la Virgen del Rocío desde el año 1993, cumpliendo así el sueño de cualquier almonteño devoto que ha vivido vinculado a la Hermandad Matriz preparándose para desempeñar esta tarea. Pero no es un trabajo cualquiera, el santero siente a la Virgen como parte de su familia, vive cada día, haciendo turnos de 24 horas, con la dedicación principal de custodiar y salvaguardar esta imagen divina. Es por ello que vive momentos muy especiales, como cuando se cierra la puerta de la ermita y José Antonio se queda solo con la Virgen. Es entonces cuando se vienen a la memoria las imágenes de esas personas que llegan a los pies de la Señora para pedir salud, enfermos que lloran y ruegan, padres con hijos en brazos, el rezo íntimo y silencioso, el llanto y la congoja que resuena en las paredes de un templo que consideran milagroso. “Son difíciles de olvidar esas imágenes, sobre todo porque el santero es humano. Pero es muy satisfactorio verlos llegar para dar las gracias a la Virgen por haberse curado y ves en su rostro el más puro sentimiento de Fe”.

El trabajo del santero también conlleva custodiar el patrimonio de la Virgen. Los trajes, los mantos y las coronas que se guardan en las salas del tesoro, ubicadas justo a la espalda del retablo. Se conocen las particularidades de cada una de las piezas que se muestran en las salas y cada rincón de la ermita.

Turnos de 24 horas para custodiar a la Virgen

Romero recalca la importancia del trabajo en equipo del personal de la Hermandad Matriz y las fuerzas de seguridad. Además de los santeros, cinco o seis dentro de la reja, cuatro hombres cubren las puertas de acceso a la ermita, hay personal en la sacristía y en el altar, es decir, encargados tanto de la seguridad como del respeto y el decoro que se debe guardar en un lugar como este. Cabe señalar la labor del equipo de mantenimiento, que se encarga por ejemplo de la limpieza de la arena que los pies de los rocieros arrastran al interior de la ermita. Esa arena “tan rociera que entra y sale de la ermita bajo los pies de cualquiera”, según reza la sevillana, se barre durante la romería todas las mañanas.

Aunque durante todo el año existen muchos actos en la ermita, son pocos meses previos a la celebración de la romería donde hay que dejarlo todo a punto para la celebración de los cultos tanto dentro como fuera de ermita: enseres de Virgen, eucaristía, ropa de sacerdotes, organizar la Misa Pontifical. Hasta que llega el domingo. Ese día todo es distinto: “para la gente de Almonte el domingo entero es un entripaero en el estómago, los nervios están a flor de piel, se respira en el ambiente que llega el broche de oro de la romería, cuando por fin el Simpecado entra en la ermita y se rompe la barrera entre lo humano y lo divino. El momento del salto”.

Es muy satisfactorio ver llegar a las personas para agradecer a la virgen el haberse curado.

Mañana tanto José Antonio como sus compañeros, serán testigos privilegiados del salto de la reja. Desde hace ya varios años se ha logrado mantener el pasillo central de la ermita prácticamente libre mediante un cordón humano protagonizado por almonteños, lo que ha facilitado las tareas de portar el paso de la Virgen y llevarlo hasta la puerta principal para que esté con su pueblo.

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